martes, 4 de agosto de 2009

Dibujos animados

Félix Romeo, Anagrama, 2001.

Cada sábado compro los periódicos para ver sus suplementos literarios. Lo primero que leo siempre es la página de Félix Romeo. Lo segundo, la crítica de Rodrigo Fresán. El resto no es imprescindible. Pero ellos sí.

Las "Iluminaciones" que publica Romeo son notas breves sobre lo que ha leído, lo que quiere leer o lo que ha despertado su interés. Es un lector voraz muy volcado en las pequeñas editoriales, que lee en varios idiomas, apasionado por las revistas culturales y con conocer todo lo que le rodea. Contrariamente a lo que pueda parecer según lo cuento, dice poco de sí mismo; es difícil hablar de sus gustos (muy amplios) o de sus críticas (a menudo, por motivos morales o ideológicos más que puramente estilísticos). También le gustan mucho las biografías de escritores y sus costumbres a la hora de escribir.

Por eso me resultó un contraste grande con la idea que yo me había formado leer "Amarillo", reseñado en su momento, donde mostraba abiertamente su intimidad, hasta tal punto que la lectura despertaba pudor, como si hubieras robado el diario de alguien querido.

En mi acercamiento a este autor leo ahora "Dibujos animados", hasta donde yo sé su primera novela, ganadora del premio Ícaro, del cual no tengo noticia.

Está construida por 175 fragmentos numerados, breves, presentados sin orden cronológico o temático, como suele ocurrir con los recuerdos. El narrador nos cuenta aspectos de su infancia, que reaparecen o se repiten cada pocas entradas.

¿Qué recordamos de nuestra infancia? ¿Cuál es el balance? Pensándolo a raíz de esta novela, creo que mi visión general de la infancia es bastante hostil, tengo la vaga sensación de estar continuamente luchando por mi supervivencia. No es rosa ni es dulce, es dura, es también divertida.

La que nos presentan no es una infancia idealizada, quizá esté deformada hacia el esperpento o quizá así es como la recuerda el autor. El niño protagonista (de una edad, creo, no definida, que yo ubico entre los 8 y los 12, más o menos) esnifa cola en los baños de los futbolines. Se siente perdedor, rodeado de un mundo gris, con una presencia fuerte de la muerte, el dolor, la tara, la amenaza. No parece tener buenos amigos, sólo compañeros de desgracia. Y se ríe, sí, pero con esa risa brutal que despierta el lado oscuro.

El dibujo animado por el que siente más inclinación, Coyote, es el eterno perdedor frente a ese correcaminos idiota que se salva con cara de estúpido sólo por ser más rápido, nunca por ser más listo. Recuerda olores, nombres de personas asociados a un rostro, el ambiente en su casa, la visión de su padre débil, marcado pro la mala suerte... Recuerda marcas de comidas, visitas a tíos lejanos, vacaciones, piojos, profesores, fútbol, cinexín, la batalla del Ebro, la inclinación religiosa, las espadas de los sarracenos.

"Si me encontrara con la lámpara de Aladino le pediría un montón de pasta, pero antes le pediría que me hiciera olvidar el pasado. Y si sólo pudiera pedir un deseo le pediría que me borrara el pasado. Que me quitara de la cabeza un montón de cosas. El pasado es una pesadilla. Cada vez el pasado es más grande. Y eso parece que no lo piensa nadie. Que nadie se da cuenta. El pasado devora. El pasado es como una piedra en el centro de la cabeza. Le pediría que mandara al infierno mis recuerdos. Todos." (p. 60).

Me gusta cómo está escrito. Me gusta su lenguaje, resulta directo y verosímil. Evoca más que cuenta. Crea un tono general, pero la sucesión de anécdotas con las que lo construye se olvida con facilidad.

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Hace ya tiempo que miria quiso creer. Percibo cambios en el horizonte y hay que afrontarlos. Seguiré hablando sola, pero en voz un poco más alta, por si alguien quiere replicar.

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