miércoles, 17 de septiembre de 2008

Marcas de nacimiento

Nancy Huston, Salamandra, 2008.

Esta novela me ha gustado mucho.

Me ha encantado Erra, personaje muy carismático, con una vida azarosa, que decide cómo quiere vivir, cómo disfrutar la vida. Fascina a todos los que la rodean, exprime la posibilidad de la experiencia, destila magia.

Me ha gustado mucho Aron, su paciencia, la empatía que nos provoca, su esfuerzo por vencer con sonrisas una vida perra, la amargura que destila su contexto.

Y me ha gustado la estructura, la inusual opción narrativa. Cuatro generaciones. Cuatro personajes. Cuatro capítulos. Cuatro niños de seis años separados por veinte años cada uno. Contándonos su vida.

Sol tiene 6 años en la California de 2004. Hipermimado por una madre adicta a la autoayuda e ignorado por un padre casi inexistente, se siente llamado a salvar a la humanidad como Jesucristo. Convencido de su divinidad, decide ocultar su grandeza hasta que llegue el momento. Mientras, controla todo lo que le rodea. Sin que sus mayores lo sepan, se excita viendo imágenes de tortura por internet. Es el personaje menos real y más radical, innecesariamente en mi opinión.

Randall tiene 6 años en 1984, cuando su madre decide que dejen Nueva York para vivir en Israel, donde ella podrá continuar su tesis. Su padre, autor fracasado de teatro, se deja arrastrar porque no logra oponerse al carácter amargado y controlador de su joven esposa. Allí se enfrentan a una nueva vida, conocerán el conflicto árabe-israelí, irán descubriendo datos del pasado de su familia.

Sadie tiene 6 años en 1962. Vive en Canadá con sus abuelos, porque su madre es una famosa cantante que no puede cuidar de ella. En un ambiente espartano y cruel, Sadie vive convencida de que debe alcanzar la perfección, pese a que es imperfecta y su demonio la castiga continuamente. Vestirse, asistir al colegio o tocar el piano son tareas enormemente complicadas que nunca logra hacer como debería, motivo por el que quizá su madre no la quiera. Cuando finalmente su madre la reclama, Sadie descubre que algunas cosas no eran como esperaba...

Krsitina tiene 6 años en la Alemania de 1944. Vive en una familia sin hombres porque todos están en la guerra, y junto con su madre, los abuelos, la criada y su hermana trata de sobrellevar una rutina de hambre y carestía. Su hermana la envidia porque Kristina tiene la voz perfecta, pero sabe que no la miente cuando la desvela que es adoptada. Tiene la confirmación cuando, algo después, su madre les presenta al que será su nuevo hermano, Johann. Cuando Kristina le confiesa que ella también es adoptada, Johann le explica que él no es huérfano, sino víctima de un secuestro, y que miles de niños polacos han sido raptados por los alemanes para compensar a las familias de las pérdidas humanas de la guerra. Comienza entonces un aluvión de verdades que Kristina sólo soporta gracias a la unión con Johann/Janek...

Cuatro piezas que conforman un puzzle bien encajado, con vacíos fértiles en nuestra imaginación, creando un legado familiar trágico y marcado por un pesado lastre. Varias formas de enfrentarse al destino: superándolo, como Erra, viviendo encerrada y destrozando a los que nos rodean, como Sadie, haciéndonos invisibles, como Randall, o creyendo en el superyo, como Sol... ¿cuánto de lo que son les viene de sí mismos y cuánto de sus mayores? ¿por qué desemboca tanto sufrimiento en una persona incapaz de sentir empatía? ¿después de tanto esfuerzo, no hay posibilidad de ser felices?

¿Qué podría haber sido diferente?

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Hace ya tiempo que miria quiso creer. Percibo cambios en el horizonte y hay que afrontarlos. Seguiré hablando sola, pero en voz un poco más alta, por si alguien quiere replicar.

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