martes, 9 de septiembre de 2008

Como una novela

Daniel Pennac, Anagrama, 1993.

Este título tan desconcertante encierra un ensayo sobre cómo animar a los adolescentes a acercarse a la lectura. Pennac reflexiona sobre la evidencia de que cuando nuestros hijos son pequeños disfrutan con los cuentos cuando se los leemos y cuando ellos acceden a la lectura por sí mismos, pero sin embargo, cuando llegan a adolescentes la aborrecen, y se plantea dónde les perdimos. Piensa en parte que es fruto de un sistema educativo que agobia a los chavales con la obligación de sacar frutos de su lectura: hacer fichas, resúmenes, tablas de personajes... y propone como alternativa simplemente leerles, sin esperar respuesta, sin preguntar su opinión, sin saber si están comprendiendo. Lo considera una forma de plantar una semilla que crecerá sin duda, y aunque como método puede resultar interesante, no comparto su opinión de que es infalible. Según él, leer es un derecho, y al no ser un deber no podemos olvidar que "no leer" también es un derecho. El lo incluye en un decálogo de derechos donde figuran también el derecho a saltarse páginas, a no terminar un libro, a releer, a leer malas novelas, y a callarnos y no opinar sobre lo leído. En la parte que me parece más interesante, Pennac subraya que el hombre tiene una necesidad innegable de narrar y de escuchar historias, que eso incluye a nuestros adolescentes y que, simplemente, ellos cubren esa necesidad a través de otros canales (televisión, cine, cómic...) porque no consiguen encontrar las historias en los libros, pero que, redescubriéndolas, masticándolas, será imposible que no conecten con las grandes novelas.

Es un libro fácil de leer que no nos aporta grandes novedades pero sí nos ayuda a reflexionar de forma sencilla sobre cómo transmitir a los jóvenes nuestro afán por la lectura. Un par de párrafos especialmente buenos:

"Sin saberlo, descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y más ampliamente, del arte en general, que consiste en imponer una tregua al combate de los hombres" (p. 31).

"Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a los que preferimos. Y estos repartos pueblan la invisible ciudadela de nuestra libertad. Estamos habitados por libros y por amigos" (p. 84).

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Hace ya tiempo que miria quiso creer. Percibo cambios en el horizonte y hay que afrontarlos. Seguiré hablando sola, pero en voz un poco más alta, por si alguien quiere replicar.

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