Belén Gopegui, Anagrama, 2009.
Martina tiene 16 años y se siente furiosa viviendo en una sociedad que no comprende y por la que no se siente comprendida. La muerte del padre de su mejor amiga, el único adulto con el que siente haber establecido una conexión comunicativa, la arrastra hacia la rabia y sólo sabe combatirla con movimiento, fundamentalmente andando. Caen sus notas, se tensa la relación con sus padres... No entiende nada, no se entiende a sí misma y piensa que quizá encontrar "su música", un código con el que sentirse identificada, con el que transmitir sus ideas, pueda ser una solución.
Descubrir que su padre se ha quedado en el paro y que no se siente con fuerzas para buscar un nuevo trabajo cambia su visión de los adultos, no lo saben todo, no siempre están seguros de lo que hay que hacer. En sus paseos descubre una tienda de música donde unos jóvenes le ponen una canción de rock que hace que su cuerpo se estremezca. Pero no se ajustan al cliché: llevan el pelo corto, jerséis de lana... ¿cómo utilizar los estereotipos para hacer del mundo un lugar más comprensible?
Todos hemos tenido 16 años y probablemente todos recordemos habernos sentido contra el mundo. Pero eso no da para un libro. Para Martina los adultos que la rodean han renunciado a la lucha, se han acomodado en un consumo permanente, y cuando se lo echa en cara ellos argumentan que al menos dejaron una parcela de moral que nunca han permitido que se corrompa.
El problema es que la rabia de Martina no tiene explicación porque es existencial. No podría explicar qué la molesta, qué quiere cambiar, qué preferiría conseguir. Hasta el final de la novela no tiene un objetivo, y cuando lo encuentra, es tan absurdo como inútil. Con una ingenuidad sorprendente pretende que un único acto estético remueva las conciencias y despierte su contexto. Por lo demás, el resto de la novela es un continuo reflexionar de la joven sobre los temas más peregrinos, pero siempre marcados por el mismo corte: pesimismo por la sociedad actual, necesidad de espacios propios para jóvenes, renuncia del consumo, preferencia de los objetos caducos (con finales: vinilos frente a mp3, cuadernos frente a ordenadores... ), seguir luchando inútilmente antes que claudicar...
Todo conceptos vacíos que Martina no sabe concretar.
La desventaja de elegir una voz adolescente como narradora es que implica muchas limitaciones estilísticas, y aunque agradezco que no se caiga en tópicos lingüísticos (expresiones supuestamente juveniles, palabras malsonantes...), decidir que es un cuaderno destinado a un receptor concreto hace incoherentes muchas de sus partes, como el principio o los diálogos que se plasman. Además, la protagonista lo canaliza todo a través de canciones extranjeras, cuya letra reproduce primero en inglés y luego en su traducción; esto dificulta la identificación (personalmente, no conzco prácticamente ninguna) y enlentece la lectura.
No merece la pena.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
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- miria quiso creer
- Hace ya tiempo que miria quiso creer. Percibo cambios en el horizonte y hay que afrontarlos. Seguiré hablando sola, pero en voz un poco más alta, por si alguien quiere replicar.
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