Jean Becker, Francia, 2008.
Me gusta el título de esta película, contundente, directo, igual que su principio. Un hombre de 42 años que renuncia a su trabajo, a su bella mujer, a sus cariñosos hijos, a la casa burguesa con jardín y perro, a los amigos con vidas similares a la suya, porque le resultan insuficientes. Porque, aunque aún no lo comprendamos, tiene un motivo.
Es un motivo de peso, el más lógico de todos. Su pasado, además, le blinda e impide que podamos juzgar sus elecciones: se comporta de esta forma, que nos convence más o menos según nuestra forma de ser, porque su experiencia le lleva a tomar estas decisiones. Consigue evitar la ñoñería, todo un logro teniendo en cuenta el precipicio que camina. Pero esta parte de la película la convierte en otra más, con un prisma diferente pero no lo suficiente como para hacerla memorable. Es recurrente en el arte recordarnos que debemos valorar lo que tenemos, que no podemos darlo por hecho, que hemos de disfrutar la vida y apurarla. Explicitarlo de tal forma no puede criticarse, no tratándose del tema que toca, pero no me convence: me parece demasiado obvio. El gran principio se derrumba, se convierte en una excusa, pierde su fuerza. Una lástima.
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